Semana Santa



La luna llena presta su luz a la tibia noche de la incipiente primavera. Su resplandor plateado deja ver -arriba-, majestuoso, el castillo con sus almenas de siglos y, al lado, la imponente mole del templo parroquial del apóstol San Pedro. En su interior, un incesante ir y venir anuncia que algo importante va a suceder. Sobre Cornago ha caído ya la oscuridad de la noche de Viernes Santo.

Comienza la procesión. Se detiene el tiempo.

Bajo el Arco de la Campanilla, asoma el cortejo fúnebre. Muy poco a poco, sosegadamente, se va haciendo más nítido un clamor poderoso. Surge éste, con gran sentimiento, de las gargantas de un nutrido grupo de hombres del pueblo, a quienes dirige uno que aguanta una hoja de papel en sus manos. Lee una frase e inmediatamente resuena, grave y varonil, engarzada en una melodía sencilla, cálida y patética. Varias generaciones de hombres avanzan cantando al unísono unas coplas que los cornagueses llevan prendidas en las entrañas del alma: "Llorad, pues, ojos míos; llorad por vuestro amado". Se sabe de alguno que ha regresado cada año, mientras le quedaron fuerzas, con el sólo propósito de repetir el rito que le ata a sus raices y a la fe de sus mayores. Y el relato de los misterios de la Pasión discurre, lento y piadoso, en las recias voces que se amparan bajo el manto negro de la noche triste: "Venid, venid, lamentos/cercad mi corazón;/pues canto tu Pasión,/Jesús, y tus tormentos./Enciendan mis acentos/el pecho más helado..."

Ver video Coplas a Jesús Nazareno ( Cornago ) - Iván Ridruejo y Carlos Begué


Pendonero, Semana Santa CornagoY no es una aparición sino presencia cierta la de un caballero vestido a la usanza del siglo XVIII: zapato de hebilla, medias blancas y pantalón de terciopelo negro hasta la rodilla, al igual que la casaca bajo la que se asoma una camisa blanquísima. Sobre su cabeza, una peluca de larga trenza. El caballero porta el pendón de la cofradía; un pendón negro, alto y rematado con una cruz de metal dorado. Por eso, popularmente, se le conoce como el pendonero.


De pronto, como surgidos de la bruma de los siglos, aparecen unos encapuchados ataviados con groseras túnicas negras y capuz romo; son los sayones. Uno tras otro, hasta doce, desfilan con cierta marcialidad llevando cada uno de ellos sobre su hombro izquierdo una bandera con una extraña y rica simbología. Ante nuestros ojos desfilan las figuras más variopintas: un león, un cocodrilo, dos elefantes, el sol y la luna, martillos y tenazas, un esqueleto... Sayones

Semana SantaEntre dos filas de devotos, viene luego un penitente, denominado Cirineo, cubierto con la saya negra y estola blanca, que porta -alzada- una gran cruz. De ella salen unas cintas cuyos extremos sostienen cuatro angelitos, niños de apenas, cinco años que, vestidos con túnica azul celeste, encajan en sus cabezas unas curiosas coronitas. Por su parte, el Cirineo, a faz descubierta, luce sobre sus sienes lo que, en tiempos, debió ser una punzante corona de espinas. No cabe duda de que las cintas de seguro rojas antiguamente, pretendieron reflejar la sangre, que en la Cruz, vertieron las llagas de Cristo. Por eso, los angelitos traen todavía en sus manos pequeños cálices con los que recoger la Sangre redentora.

La procesión continúa su curso adentrándose en las retorcidas calles de un pueblo que aún conserva algo de la aljama y de fortaleza amurallada. Lentamente va descendiendo hacia la plaza.

Semana SantaAparece ahora otro nuevo cortejo de angelitos, esta vez vestidos de blanco, a los que acompaña y dirige un ángel mayor, encarnado por un mozo de unos dieciocho o veinte años, armado con escudo y espada. Es el angelón o, mejor, San Miguel, cuyas blancas y suaves alas de algodón traslucen una ingenuidad secular de trasfondo teológico. Los angelitos portan en sus manos los instrumentos de la Pasión o arma Christi: la corona, los clavos, el títulus... Al lado, sus madres y abuelas vigilan para que la seriedad de la comitiva no se descomponga.

Semana SantaCuatro hombres portan sobre sus hombros la urna del Santo Sepulcro dentro de la cual se aprecia la efigie con la que antaño se realizó la función del Descendimiento. Es una talla del Señor muerto, cuya visión conmueve en su severa dignidad. A su entierro ha acudido todo el pueblo, como siempre que fallece alguno de sus vecinos. Destrás, la música melancólica de una pequeña banda deja a su paso sones de tristes marchas procesionales cuyo eco devuelven las colinas circundantes.

Semana SantaY, por fin, llega la Madre, la Virgen de la Soledad. Para cualquier hijo de Cornago, la Virgen de la Soledad es el compendio de su devoción y el referente más claro de su condición natal.

Hoy no camina, como el 12 de septiembre, entre el júbilo popular mientras resuena la música y los cohetes rompen los azules cielos del valle de Linares. Hoy, la Virgen camina detrás del cadáver yerto de su Hijo amado. No obstante, va espléndida, ataviada con su vestido blanco y el manto bueno, de terciopelo negro bordado con hilo de oro por las monjas... En el pecho, el corazón traspasado por la espada de dolor, sobre su cabeza, un gran resplandor de plata rematado por las estrellas apocalípticas.

Otras estrellas, las del firmamento, se asoman detrás de las nubes para asistir a la función en la que se va a rendir honores a Aquel a cuyo nombre se postran el cielo y la tierra. Llegada la procesión a la plaza, el cortejo se detiene.

Los que traban las andas de la Virgen se adelantan y se colocan junto al Sepulcro, delante del cual se ha extendido una gran alfombra. El palio que marchaba detrás de la Madre se acerca para cubrirla mientras asiste a una especie de ceremonia de duelo que tiene mucho de pésame popular.

Semana SantaFrente a los pasos se sitúa el caballero del pendón y, sobre la alfombra, lo ondea hasta que arrastra por el suelo.

Finalizado el simbólico rendimiento de honores, la procesión se recompone para seguir subiendo hasta el templo parroquial.

Vuelven a sonar las coplas. La plaza queda vacía.

Texto de D. Fermin Labarga García -Revista Belezos, nº 16.

Helado se queda, en verdad, quien asiste por primera vez a esta representación sacra que, año tras año, tiene lugar en este rincón recoleto de La Rioja.

La singular belleza del entorno, realzada por la pálida luz de la luna que recorta las siluetas de los edificios y del mismo cortejo sobre ellos, unida a la melodía decadente y sugestiva de los cantos, nos sumerge y transporta a siglos pasados. Por eso nos sorprendería que, de pronto, volvieran a aparecer los cofrades de la Vera Cruz con sus hábitos blancos y sus disciplinas o los franciscanos del convento de Campolapuente entonando el Miserere en aquel viejo latín ya casi olvidado...